Hace ya varios años, Eduardo era un trabajador de la industria automotriz. En esos tiempos sus deberes no eran diferentes a los de otros miles de trabajadores, ni tampoco su salario. Sin embargo, era mejor pagado que cualquier puesto similar en cualquier otra industria. Irónicamente (aunque en estos tiempos ya a nadie sorprende), aun cuando era de los empleados mejor pagados de la ciudad, su sueldo no alcanzaba y vivía en gran parte del crédito. Debía su casa, sus muebles, un préstamo que pidió para la navidad del año pasado, la ropa de toda la familia, su auto... (que no era del tipo de auto para el que fabricaba partes, esos estaban fuera de su alcance,siguiendo con las ironías). Pero no importaba, tenía un empleo estable en una compañía multinacional.
Para seguir con las ironías, fue el 2 de mayo de ese año (justamente después de celebrar el día del trabajo) que fue liquidado junto con otros 39 trabajadores de su departamento. En ese momento no podía entenderlo. De nada servían ya los años de su vida que había dejado en la empresa, ni su record imbatible de puntualidad, ni siquiera aquella idea suya por la cual su supervisor recibió un ascenso. Más tarde entendió que en realidad sus superiores sí lo habían tomado en cuenta, pues pudo haber estado en ese segundo lote de trabajadores despedidos sin liquidación.
Vivió en la negación por varios meses. Tenía dinero suficiente para vivir un año entero o darse la gran vida por medio año. Desafortunadamente decidió darse la gran vida. Él y su esposa tomaron esas vacaciones sin los niños que no habían podido darse y estaban planeando desde que tienen niños. Visitaron a muchos de sus parientes, y pagaron esa operación que necesitaba el abuelo. En todo ese tiempo, no se preocupó mucho por encontrar otro trabajo. Alguien con su experiencia y sus capacidades no debía tardar mucho en encontrar otro trabajo, uno mejor, en alguna de tantas empresas del mismo ramo en la ciudad.
Sus amigos Pepe y Gonzalo no perdieron el tiempo. Pepe comenzó a vender tacos y Gonzalo convirtió su carro en un taxi. A Eduardo ninguna de esas opciones le parecían dignas para alguien de su preparación y su experiencia. --No fui a la universidad para vender tacos --decía. --¡Sólo fuiste dos semestres! --le contestaba su esposa.
El tiempo pasó muy pronto y el dinero comenzó a escasear. Era hora de buscar trabajo. Fue a la papelería y compró 20 solicitudes de empleo, 20 folders, 20 broches "Baco" y un lápiz adhesivo y un marcatextos. Se puso su camisa nueva de manga corta, como siempre usaba, y la corbata que había usado el día de su boda. Y con este atuendo elegante, con el que se sentía incómodo, fue a sacarse unas fotos. Como te ven, te tratan; reza el adagio. Por desgracia, de las fotos no pudo comprar sólo 20, esta vez tuvo que pagar por 24.
El siguiente lunes compró el periódico. Sin embargo, no había muchas opciones. Así que marcó aquellos con encabezados como "Necesitamos gente triunfadora", "Si no te gusta el dinero, no sigas leyendo", "Oportunidad única", "Sólo para ganadores como tú". Además encontró uno cuya descripción se ajustaba a su perfil.
De los primeros empleos para triunfadores, descubrió que en el mejor de los casos (y también el más honesto), se trataba de vender perfumes. De aquel cuya descripción coincidía con su perfil, todo salió muy bien. El entrevistador se veía muy interesado. Tanto que ansiosamente sacó copias de todos sus documentos. Eduardo también estaba emocionado, tanto que no desconfió de aquella botella de charanda a la mitad con un vaso desechable a manera de tapa en el escritorio de su empleador, ni del echo de que la oficina no estuviera en una linda zona comercial o un parque industrial, sino en una colonia a las afueras de la ciudad. A Eduardo no le gusta contar esa historia. Podríamos resumirla en que si no se hubiera presentado a entrevista ese día, hubiera podido vivir cómodamente otro mes.
Después, obtuvo un segundo lote de folders con broches "baco" de mejor calidad (como te ven, te tratan) y siguió repartiéndolas en tanto lugar le recomendaban sus conocidos. Fue entonces cuando el dinero escaseó y tuvo que vender su auto (bueno, la parte que ya había pagado) para no perder su casa. También tuvo que reestructurar y consolidar el resto de sus deudas (las cuales pagada pidiendo prestado a sus parientes), quedando con un pésimo historial crediticio.
Fue en este punto cuando entró en un limbo (¿o purgatorio?) de no tener dinero, ni tener trabajo, mucho estrés, todo tipo de problemas con su esposa (¡TODO TIPO!), y cada vez menos conocidos dispuestos a atenders sus llamadas.
El 6 de enero del año siguiente, el mayor de sus hijos entendió que los reyes sólo traen regalos para niños chiquitos y que a los grandes ya no les interesan los juguetes. El segundo de sus hijos aprendió un nuevo significado para el término "la crisis", que ahora tenía un significado positivo y otro negativo. El positivo era la música que escuchaba los domingos, Chico ché y La crisis. El negativo era el hecho de no recibir regalos y comer frijoles todos los días. El cuarto de sus hijos era demasiado pequeño para entender fechas del calendarios. Pero el tercero de sus hijos sólo entendía que quería un juguete nuevo.
Como muchos padres, Eduardo tuvo que ceder a las lágrimas de su hijo y salieron a conseguir (ya que comprar estaba fuera de las opciones) un juguete nuevo. La primera opción fue el ambulantaje, que ese día elevaban sus precios al triple. La seguda opción era un mercado pulga que ese día no funcionaba. Tanta era su desesperación que la siguiente opción factible fue una máquina de peluches, de esas que tienen una garra.
Su hijo tuvo el privilegio de escoger el muñeco, que Eduardo sacaría (no podían perder una sóla oportunidad). Su hijo escogió un conejo, pero Eduardo vió un Superman en una posición que pedía a gritos ser sacado. Insertó un moneda, movió la garra exactamente encima de Superman y presionó el botón. La garra bajó bien y tomó el muñeco por el pecho. Por desgracia sólo se elevó unos centímetros para salir resbalar y caer mientras la garra seguía su camino.
Eduardo decidió intentar de nuevo, esta vez ubicando la garra ligeramente a la izquierda para comenzar el giro que daba al bajar. Su suerte no podría ser peor. El cable de la garra se atoró con un pedazo de plástico a manera de etiqueta en la oreja del conejo. Así que la garra apenas rozó a Superman. Pero al regresar, la garra arrastró al conejo y éste finalmente cayó. Ahora tenía un problema menos y un hijo que había cambiado las lágrimas por las sonrisas. Pero al llegar a casa, sus hijos también querían muñecos. Así que al día siguiente regresaron, pero esta vez no tuvieron tanta suerte.
Desde entonces, cada día de regreso a su casa, después de su habitual entrevista de trabajo en un lugar diferente, pasaba a la máquina para intentar sacar un muñeco. Era su nuevo pasatiempo. No podía creer que los muñecos salieran sólo por accidente. Si así fuera esas máquinas deberían ser ilegales, pensaba. Tampoco podía aceptar que fuera vencido totalmente por un juego de niños. Después de todo, ese juego no era muy diferente a su anterior trabajo, que consistía en manejar una grúa para cambiar prensas. Claro que para levantar una prensa, no ubicaba la grúa encima de la prensa y la bajaba, como hacía con la garra y los peluches.
Después de semanas de práctica, logró sacar su siguiente muñeco y esta vez ya no era por accidente. Tal vez ése haya sido el muñeco de peluche más caro de la historia. A medida que fue adquiriendo práctica, sacaba más muñecos y por tanto resultaban más baratos.
Pronto comenzó a ser conocido en los locales cercanos a dicha máquina. El mismo administrador de la máquina se refería a Eduardo como "el idiota gracias a quien puedo hacerle el amor a mi amante" (bueno, no exactamente con esas palabras). Debido a que siempre llegaba a la misma hora, su pasatiempo se convirtió en un show y comenzó a ganar público.
Algunas personas acudían y le daban monedas para que él sacara un muñeco por ellos. A veces le dejaban alguna propina. Pronto se hizo más eficiente y el administrador de la máquina tuvo que encontrar otra forma de financiar sus aventuras amorosas.
Primero, Eduardo fue víctima de mobbing por parte del staff del centro comercial. Después la máquina fue retirada y de esta manera terminó el show, el público, y el pasatiempo de Eduardo.
Después de dos días de síndrome de abstinencia, Eduardo buscó otros centro comerciales con las mismas máqinas, procurando esta vez ser más discreto. Cada vez desarrollaba su técnica de modo que ahora llevaba una bolsa para los muñecos que sacaba.
En alguna ocasión una señora le ofreció $40 pesos por un muñeco que había sacado luego de 3 intentos ($15 pesos). Él accedió. De ahí tuvo la idea de llevar parte de su colección a la papelería de su hermano para ver si se vendían con la misma facilidad. Le fue mejor de lo que esperaba.
Desde entonces, Eduardo se dedica a desfalcar máquinas de peluches, que son vendidos en diferentes establecimientos, y ya no tiene deudas,